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lunes, 12 de diciembre de 2011

Una pared de cristal se interpone entre la tumba del escritor Oscar Wilde y los besos de sus admiradoras.


Prohiben Besar La Tumba De Oscar Wilde 
A pesar de que existía una multa de hasta US$12.000 para quien besara la sepultura, la piedra solía estar llena de decenas de siluetas de labios. Mientras Wilde pensaba que un beso puede arruinar una vida, las autoridades piensan que muchos besos pueden arruinar una tumba.
La tarde está tranquila en el cementerio del Père Lachaise de París. A pesar del frío de un día gris, turistas y parisinos pasean bajo los árboles que el otoño de la capital francesa dejó sin hojas.
En la calle Carette del cementerio, muchos de ellos se detienen frente a una tumba especial que todos los mapas del lugar señalan. Aquí es donde descansa el famoso escritor irlandés Oscar Wilde: una tumba de piedra clara, coronada por una estatua realizada por el escultor estadounidense Jacob Epstein.
Desde este miércoles el público no se puede acercar. La tumba está protegida por el muro de cristal. Ahora parece como nueva. El gobierno irlandés acaba de pagar su remodelación para quitar las huellas rojas que dejaban las admiradoras del autor al besar la piedra.
En la placa se lee el siguiente mensaje: "La memoria de Oscar Wilde se debe respetar. Por favor no desfigure esta tumba. Es un monumento histórico protegido".
Una turista se acerca. "Ya he estado aquí. Mira como quedó", le dice a su amigo. "Antes esta tumba estaba llena de besos. El mío estaba por aquí me parece", comenta al señalar un lado de la piedra.
Al parecer, la grasa contenida en los lápices de labios usados dañaba el monumento, y cada limpieza provocaba la erosión de la piedra, que se volvía porosa. Para luchar contra el fenómeno, se ha instalado un cristal hasta media altura, que impide tocar la tumba.


Pintura de labios 'corrosiva'
Aunque algunos reconocen que es una costumbre un tanto rara y macabra, la mayoría de los turistas parecen decepcionados por el cambio. Entre ellos, Kylie, una australiana de 27 años, que decide tomarse una foto delante del monumento, fingiendo pintarse con lápiz de labios.
"La primera vez que vine no había besado la tumba. Pensaba hacerlo hoy pero ya no es posible", le cuenta la chica a la BBC. "Me gustaba más antes, tenía más personalidad. A mí me parece que le hubiera gustado más a Oscar Wilde tal como era antes", añade la gran amante del autor, conocido por su homosexualidad, que le valió una condena a dos años de cárcel.
Al final, sólo el guardia parece estar satisfecho por la medida. Thierry lleva cinco años trabajando en el cementerio. "Antes, cuando pasábamos por esta calle, muchas veces veíamos a mujeres besando la tumba. No entiendo porqué, supongo que una lo hizo y las demás siguieron el ejemplo", explica.
"Nosotros sólo les explicábamos que no podían y que era muy caro limpiar. Pero no entendían porqué otras lo habían hecho y ellas no tenían este mismo derecho. Además, la mayoría eran turistas y no entendían lo que les decíamos", añade.
Sin duda, los verdaderos amantes de Oscar Wilde conseguirán nuevas formas de demostrarle su afecto al autor del Retrato de Dorian Gray. Mientras alguien ha dejado una flor amarilla en el suelo, otros han preferido continuar con la costumbre del beso. El tronco del árbol que parece estar vigilando la sepultura ya lleva marcas de besos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

De delicuente a poeta


Relato del joven que cambió su vida de delincuencia por la poesía


Camilo, de 22 años, busca con su trabajo evitar que otros ingresen al mundo del delito y la cárcel.

Poeta argentino
Hurgar en su pasado aún latente no incomoda a Camilo Blajaquis, el joven poeta de Villa Gardel en Argentina. Sabe que es necesario hacerlo para entender el camino que transitó en el último tiempo; ese que lo define hoy como un ex pibe chorro (ladrón) que se animó a reinventarse. (Acá su página personal de poésías)

Con silencios, por momentos prolongados, reconstruye los matices que tiñeron una infancia y una adolescencia marcadas por un contexto influyente, según dice. Pero no reniega de esos años que algunos asocian con la mejor etapa de la vida y que para él significaron conocer de cerca el sabor amargo que bordea al delito o ver "cuadriculado" el sol a través de la pequeña ventana de un instituto de menores.

Y no lo hace porque cree que las cicatrices que acusa su cuerpo -producto de tiroteos y persecuciones entre la policía y "los pibes" del barrio- sembraron alternativas y cambios que empieza lentamente a disfrutar de la mano de la libertad.

Pese a su corta edad -tiene sólo 22 años-, lleva a cuestas la experiencia que brinda haber transitado por dos institutos de menores y cuatro penales. Un secuestro que lo llevó a pasar los últimos cinco años tras las rejas, relata, fue la culminación de esa aventura.

De cara al delito
Mira sin ver, perdido en sus pensamientos, cuando se le pregunta qué sentía cuando salía a robar y hasta dónde cree que era consciente de todo eso. "Lo hacía porque lo hacía. Iba a buscar plata, como todos los pibes. Te puedo asegurar que ninguno lo hace por placer", contesta. Y reflexiona: "El que roba también es una víctima, no un monstruo como se lo suele mostrar".

Inevitablemente, la charla vuelve al principio de esta historia, al hogar y al juego, al guiso y la ranchada. También al barrio, testigo de ese grupo de amigos que un día dejó de jugar y salió al mundo "a robar".

"Empezás por giladas (bobadas), como se dice, para después ir creciendo en la profesionalización del delito. Primero robás un estéreo y después terminás con el auto entero. O empezás con algo que ves en una casa y te metés a robar la casa", desliza en voz alta. "Y con mucho dolor vas viendo pibes que caen presos o amigos que mueren... la cara de una sociedad que odia al pibe de la villa", lamenta al recordar esos colores y sonidos asociados a momentos difíciles que intenta comprender tomando distancia.

Otra vida, nuevos proyectos
Es que al salir de la cárcel, Camilo decidió no aferrarse al pasado y proyectarse a futuro, pese a seguir viviendo en el mismo lugar y codearse con la misma gente. Él prefiere hablar de una metamorfosis, que comenzó estando encerrado y se potenció al salir con la ayuda de Patricio, un profesor de magia cuyos libros le hicieron pensar que podía borrar el costado negativo de esa etapa y empezar de cero.

"Hoy estoy en otra frecuencia y lucho a través de mis escritos por que eso crezca y cada vez más pibes (jóvenes) puedan cambiar ese ritmo de vida cruel y violento que no lleva a otro lugar que a la cárcel o al cementerio a una edad muy temprana", insiste.

Reitera una y otra vez que ese es el objetivo de "su lucha", aunque reconoce que sabe que no tiene el poder de lograr que otro cambie: "Sólo transmito lo que aprendí para que los más chicos no tengan que pasar por una cárcel". Lo único que lo anima (y lo ayuda a seguir) es, tal vez, observar desde lejos su propio rescate: "Yo pude y era un pibe chorro (joven ladrón) más".

"Me animé a rescatarme y a interpelar a la sociedad, a sentir amor y no odiar al servicio penitenciario. A los pibes les cuesto esto... desprenderse de la pose del chorro. Prefieren quedarse sin hacer nada y ahorrarse muchas de las preguntas que me hago todos los días para no ser la figurita del tumbero*", confiesa.
Un mundo paralelo. Camilo, como le sucede a otras personas, encontró en las letras y en la filosofía la salida que buscaba para purgarse de aquellos fantasmas que prefiere olvidar.
El vio en Patricio ese puente que le faltaba para liberarse estando encerrado. Y se define por eso como "un sobreviviente" elegido por el azar.
Inspirado en autores como Foucault, Hume, Heidegger y Feinmann del campo de la filosofía, y Bradbury, Poe, Artl, Walsh y Girondo del de las letras, Camilo dedicó los últimos años a escribir. Producto de esa inversión, publicó su primer libro de poesías, La venganza del cordero atado , y se encuentra próximo a lanzar el segundo, Crónica de una libertad condicional.

Además, coordina actualmente el armado de una revista, Todo piola , que se convirtió en un verdadero espacio de debate y de reflexión en el barrio de Flores, y cursa el CBC de la carrera de Filosofía de la UBA para seguir aprendiendo.

En pocos meses, tendrá que dividir su pasión por este mundo paralelo e imaginario, con el estreno de un nuevo rol: ser papá de una bebe.

Por Valeria Vera / LA NACION (GDA-ARGENTINA)

* Léxico utilizado en las cárceles argentinas para comunicarse entre los reclusos y así despistar a los policías)

domingo, 30 de octubre de 2011

Arturo Pérez-Reverte: Una historia de violencia



Arturo Pérez-Reverte: Una historia de violencia


Me dan la bronca algunos lectores veteranos porque hace tiempo que no hablo de esos personajes e historias del pasado que a veces, para bien o para mal, ayudan a encajar el presente. Así que, para quienes echan de menos las historias del abuelo Cebolleta, hoy tocamos esa tecla, recordando a uno de esos fulanos sobre los que, de nacer en otro sitio, habría novelas, películas y series de la tele. Pero nació aquí, aunque pasó la vida fuera de España, ganándose el pan con una espada. Así que tenía pocas posibilidades de figurar en los libros de texto de los colegios. Como dijo no recuerdo qué político analfabeto de los que mezclan churras con merinas, la violencia no educa.

Año 1547. La España del emperador Carlos V tiene al mundo agarrado por las pelotas. Los príncipes protestantes se han puesto flamencos, y les caen encima, entre otros, los tercios de infantería española. La cosa se dilucida en Mühlberg, con el río Elba entre los ejércitos del elector de Sajonia y el del emperador. Se acomete la gente, se retiran los luteranos, y en mitad del pifostio hay un momento delicado. Huyendo ante el empuje de la vanguardia mandada por el duque de Alba, que siega como una guadaña, los alemanes —marcando el paso de la oca, o lo que marcaran entonces— pasan el río por un puente de barcas, lo recogen en la otra orilla, y para defender el único vado y cubrir su retirada acumulan allí enorme cantidad de artillería y arcabuceros. De manera que al llegar los españoles granizan balas sobre los arneses. El de Alba, cabreadísimo, va de un lado a otro sin saber cómo hincarle el diente al asunto, pues los tudescos van a enrocarse tras las murallas de la plaza fuerte, y de allí no los sacarán ni con vaselina. El emperador está a punto de llegar con el grueso del ejército, encontrando el paso bloqueado; y además, los enemigos empiezan a incendiar las barcas. Como para ingerir cianuro.

Entonces ocurre una de esas cosas que a veces nos pierden a los españoles y otras nos salvan. Algo muy nuestro. Muy de aquí. Porque de pronto, en mitad del carajal, a un soldado del Tercio Viejo se le va la pinza y empieza a ciscarse en los alemanes y en todos sus muertos; y jurando en arameo se pone la espada entre los dientes, echa a nadar por el vado bajo una lluvia de arcabuzazos, llega a la orilla con dos cojones, arremete contra los alemanes echando espumarajos, y mata a cinco. Tras él, por vergüenza torera y porque está feo dejarlo ir sólo, se han echado al agua su capitán y nueve soldados, que salen chapoteando y gritando “España, cierra, cierra”, como animales. Imagínense el cuadro y las pintas de mis primos, aullando mojados de barro y con ojos de locos, de mucho matar, con sus barbas, espadas, escapularios y demás parafernalia. De ese modo los colegas llegan a tiempo de ayudar al que pelea a la desesperada, acuchillando a mansalva. Así, entre los diez, hacen un escabeche de toma pan y moja. Y mientras los alemanes deciden que es momento de salir por pies a buscar unas cervezas, los españoles, chorreando agua y sangre ajena, apagan el incendio, reconstruyen el puente, y cuando llega el emperador, su ejército lo pasa tranquilamente, alcanza al enemigo, y al elector de Sajonia y a su puta madre les da las suyas y las de un bombero.

Después, Carlos V pregunta quién fue el majara que cruzó el río. Y le presentan a un oscuro soldado de padres vascos aunque nacido en Medina del Campo, llamado Cristóbal Mondragón. Y allí mismo, sobre el campo de batalla, el emperador lo llama “el mejor soldado del mejor tercio de la infantería española” y lo nombra alférez. Al capitán que lo siguió lo asciende a maestre de campo, y a los nueve soldados les da tanto dinero que Lope de Vega, en su comedia El valiente Céspedes, dirá más tarde que los ha cubierto de oro.

¿Colorín colorado? Casi. Y no como habría debido ser. Con el tiempo, Mondragón se convirtió en uno de los más destacados militares españoles en las guerras de Flandes. Amado por sus hombres, eso le granjeó —no podía ser de otra manera—, odios y envidias en España. Y Felipe II, al que sirvió con tanta devoción y valor como al padre, se portó con él como un miserable. Cuando ya veterano volvió a su patria y solicitó expediente de nobleza, los jueces se las arreglaron para inventarle antepasados judíos, lo que le bloqueaba el paso a ciertos honores. Humillado, lleno de amargura y vergüenza, Mondragón regresó a Flandes, de donde no había de volver nunca. Acabó con noventa años, digno hasta el fin, ordenando que lo pusieran en la ventana para que sus soldados, que lo adoraban, lo viesen morir. En su testamento pedía, en pago a sus servicios, la castellanía de Amberes para su hijo y una capitanía de lanzas para su nieto. El rey, naturalmente, no concedió ni la una ni la otra.